Heladera mañosa

La sexta víctima del asesino de los refranes sería un carnicero. Aunque el oficio del hombre no importaba. Sí resultaba fundamental su gran musculatura. Adrián necesitaba que el muerto, al menos antes de morir, tuviera mucha fuerza. Porque esta vez, el crimen iba a parecerse mucho a un suicidio.

Habían pasado sesenta días desde aquel en el que lanzando un boomerang al cielo había matado a dos deportistas del aire. No había esperado por miedo a ser descubierto, quería que las ganas de matar le volvieran completamente, para disfrutarlo. Poco sabía de los humildes avances de la policía aunque ya su historia circulaba por los medios sensacionalistas.

Ya instalada su búsqueda estética del crimen en la agenda policial podía ser un poco más sutil. Era más fácil que los encargados de la investigación leyeran los refranes en la escena del ilícito. Así que esta vez Adrián diseño una pequeña traba suplementaria para la puerta de una heladera cualquiera. La construyó con planchuelas de aluminio, obteniendo un pieza tan precisa como artesanal.

Mientras el carnicero trabajaba, cortando, sacando grasa y pesando cachos de carne, el homicida de los dichos populares se metió en su casa. Colocó con cuidado la traba suplementaria en la heladera. Limpió cualquier pista que pudiera después vincularlo al hecho. Aunque a esta altura, el refrán era suficiente.

Cuando el humilde trabajador frigorífico llegó a la casa ya era de noche. Se pegó una ducha rápida y vestido únicamente con la húmeda toalla con la que se había secado el cuerpo, fue hasta la cocina. Quería abrir una de sus heladas botellas de cerveza pero la puerta de la heladera se resistió. Volvió a resistirse.

El tercer intento de la víctima fue tan contundente que la heladera cayó hacia él, aún con la puerta cerrada. El pobre tipo murió aplastado sin llegar a gritar. Más le hubiera valido maña que fuerza.