Sal psicodélica

Gabriel no se alejó mucho de Purmamarca. Dejó el auto a un costado de la ruta, del lado del río. Se sentó en una piedra mirando aguas arriba, escuchando ese ruidito tan especial que hacen los ríos de montaña cuando están tranquilos. Antes de sacar la última foto había preparado el menú del día. Había adquirido unas empanadas de carne, que iba a comer frías, y un alfajor relleno de mousse de limón riquísimo. Por si les tienta, el alfajor lo compró en un bar de la calle Florida. Entre la plaza y el cerro.

Mientras masticaba tratando de descubrir los secretos del relleno y reflexionaba sobre la absurda distinción entre empanadas salteñas y tucumanas, escuchó al pasar a unos lugareños que hablaban de un operativo policial que intentaba encontrar al responsable de una serie de delitos bastante inocentes pero muy coloridos.

Gabriel entendió que sólo tenía tiempo para sacar una última foto en el noroeste argentino. Y tenía que hacerlo rápido. Salinas Grandes no estaba lejos, aunque tenía que remontar toda la Cuesta de Lipán. El problema era que tenía que preparar la foto durante la noche cerrada, porque no había forma de andar pintando los salares de día sin ser visto.

A la tarde se tomó unos mates. Para la cena se había guardado la última empanada. Cuando oscureció retomó el viaje hacia el oeste, lentamente y con cuidado, porque las curvas eran bien enruladas. Para nuestra sorpresa dejó el auto no muy lejos del cruce con la famosísima ruta cuarenta. ¿Pensaría ir caminando? ¡Qué tipo precavido este Gabriel! En el baúl tenía una bicicleta de esas plegables. Preparó los colores de su dispositivo pintapaisajes y se lo ató a la espalda. Y en bicicleta, sin hacer nada de ruido, recorrió los salares saturando el blanco y manchándolos un poco con verde, naranja y celeste.

Mientras amanecía Gabriel caminó desde la cuarenta hasta la zona pintada. No había mucha gente, pero todos entendieron que lo que veían era obra del mismo inadaptado que había pintado el cerro de Purmamarca. Todos sacaban fotos. Uno era Gabriel. Agachado, mirando hacia el sur mientras el sol corría hacia el cielo, cerró un poco el diafragma e hizo lo que tenía que hacer. Click.


Había tanta luz que no pude abrir el ojo por mucho tiempo. Quizás haya sido sólo la milésima parte de un segundo. Nunca, durante mi tecnológica existencia, había visto tanto color blanco junto. Un par de manchas de colores, pero demasiado blanco. Tanto que me confundí.