Levantando la heladera

La policía entró a la fuerza en la casa del carnicero asesinado por Adrián. Los vecinos denunciaron haber oído un ruido terrible. En realidad no habían escuchado nada, pero cuando la mañana de ese claro viernes de noviembre nadie abrió la carnicería, se impacientaron. Decenas de asados corrían peligro de no poder existir el fin de semana.

Como la luz de la cocina estaba prendida, la policía supuso que la muerte del carnicero había ocurrido la noche anterior. No había sangre en el suelo. La cara ya pálida del cadáver daba a entender un último deseo insatisfecho. ¿Cómo podía haber quedado abajo de la heladera?

Cuando después de varias horas de trabajo se llevaron el cuerpo a la morgue, la heladera quedó a un costado. Nadie le prestaba demasiada atención. Los detectives intentaban imaginar cómo el asesino, quizás uno de estos veganos fundamentalistas, había podido aplastar a la víctima con la heladera.

Entonces pasaron dos cosas al mismo tiempo. Un policía se dio cuenta de que tenía hambre. Tomás tocó el timbre. El policía decidió abrir la heladera. Tomás preguntó por el máximo responsable. El policía intentó abrir la heladera sin éxito. El mejor detective de la historia de la literatura le explicó al subcomisario por qué pensaba que el carnicero era una nueva víctima del asesino de los refranes.

Segundos más tarde corrían juntos hacia la cocina, justo después de escuchar un desesperado pedido de auxilio. El oficial hambriento había conseguido esquivar la muerte, tenía muy buenos reflejos. Aunque le quedaron aprisionadas las piernas.

Esta puerta está trabada. Me tiré la heladera encima, se quejó. Cuando la heladera estuvo nuevamente de pie y mientras un médico atendía el peroné del oficial, Tomás se acercó al enorme electrodoméstico. Intentó abrir la puerta sin éxito. Pensó un poco. Hizo un poco de fuerza hacia arriba y probó de nuevo. Finalmente, las cervezas del carnicero eran libres.