Noche en Calafate

La diferencia entre una foto y una película siempre fue la misma. La foto es una foto y la película es un conjunto de fotos, que miramos con mucha rapidez. La velocidad necesaria para producir la ilusión de movimiento es tan grande que para hacer las primeras películas no pudieron usarse los tradicionales álbumes de fotos. Hubo que inventar una forma de proyectar las distintas imágenes una encima de la otra.

Claro que el movimiento en ningún momento se preocupa por nuestra intención de registrarlo, así que para poder verlo en detalle, a veces es necesario contar con máquinas capaces de filmar en cámara lenta. Son máquinas cinematográficas comunes, pero sofisticadas. El resultado siempre es sorprendente. Ver la deformación de una pelota de tenis o la lengua de una iguana cazando una mosca es simplemente increíble.

Otros movimientos son excesivamente lentos. Nos exigen la paciencia de un pasado en el que hombres y mujeres teníamos tiempo de detenernos a mirar el cielo durante horas. En un mundo instantáneo, en el que todo sucede rápido, cada vez existen menos personas con la capacidad de observar atardeceres.

Rodrigo es una excepción. El estudio del piano y las artes marciales, la corrección del código de algunos programas de computadora o el estudio detallado de un juego de magia, le han permitido ser paciente. Al menos con algunas cosas.

Una tarde se sentó en la galería de un hotel en Calafate. Acomodó su trípode con la cámara apuntando a la ciudad, y esperó. Durante cuarenta minutos la cámara sacó más de doscientas fotos. Rodrigo las condensó en una película. Ahora cualquiera puede mirar lo que pasa cuando el sol se termina de esconder atrás de las montañas. Si puede esperar doce segundos.