El pájaro

Siempre hace frío arriba de este glaciar. Y nunca tengo el abrigo suficiente. Está ubi­ca­do en una zona de tanto viento que muchas veces no me hace falta aletear, pero si no aleteo me resulta im­po­si­ble entrar en calor.

Cuando vuelo por encima de este río congelado siempre in­ten­to con­tar cuántas puntas tiene. Pero como soy un pajarito, nadie me enseño a contar. Aún así, de alguna manera logro tener noción de mi velocidad. Si las puntas pasan rápido hacia atrás es porque yo vuelo rápido hacia adelante. Y sí, siempre vuelo hacia adelante.

Justo en este momento me doy cuenta de que estoy algo cansado. Necesito hacer una pequeña parada en algún lugar. Busco un árbol que no tenga muchas hojas… Ahí hay uno. Inicio descenso. Bajo la velocidad. Confirmo aproximación visual. A último momento estiro las patitas.

Lo importante cuando se aterriza en una rama es cerrar los dedos inme­dia­ta­mente. Porque ni bien la tocás empieza a moverse. Yo supongo que es porque los árboles no quieren sostenerte. Pero se cansan en seguida, porque el movimiento que al principio es violento amaina rápido.

Siempre hay gente en las pasarelas del parque. Montones de hombres y mujeres que se quedan absortos con las paredes de hielo. Algunos niños corren. ¿Y ese qué hace? Me parece que me está apuntando con la cámara de fotos. Podría aprovechar para hacerme el interesante. Voy a mirar para la derecha…