Obra hidrante

La historia del arte ha recorrido grandes dis­tan­cias. Y no siempre hacia el mismo lado. Porque las búsquedas del arte dependen de las búsquedas de cada ar­tista. Cada artista, ade­más de artista, es una persona. Si nos cuesta ponernos de acuerdo en familia y la democracia lleva años sirviendo como evidencia de lo difícil que puede ser estar de acuerdo en qué rumbo tomar, no debería sorprendernos que la historia del arte haya descripto trayectorias impredecibles.

Ahora bien, el problema del arte en los años mayores iguales a dos mil es que acumula tanto tiempo desdibujando los límites de la obra y confundiendo con ello al público que cualquier cosa (ya sea valiosa o una tremenda porquería) puede ser una obra. Mingitorios dados vuelta, cuartetos para cuerdas con helicópteros, músicas llenas de silencio o libros que nadie entiende (aunque nadie se anime a reconocerlo). Yo no le encuentro sentido a ese cuadro que no entiendo pero por algo lo compraron a cien millones de dólares, podrías explicarte humildemente. Aunque siendo un poco más realista en seguida llegás a la conclusión de que la explicación para los valores siderales de la obras es el lavado de dinero.

La cuestión es que hay obras lindas y feas, pero mientras cuando se peleaban Leonardo y Miguel Ángel ambos producían pinturas y esculturas fácilmente reconocibles como tales, hoy vas recorriendo un museo en Mar del Plata cuando ves los matafuegos y la manguera contra incendios y no podés evitar sentir que falta un cartelito pequeño y rectangular a la derecha: Obra hidrante; cajas de acero empotradas con matafuegos, mangueras y cartelería.