Apostar al fiambre

Mi trabajo como detective últimamente resultaba muy aburrido. Estaba cansado de perseguir hombres y mujeres de esos que se engañan mutuamente. Necesitaba un caso más interesante, uno que me intrigara lo suficiente. Un caso que surgiera de alguna acción distinta, original. Que me sorprendiera. Finalmente apareció una mañana cualquiera. Bueno, no fue cualquier mañana pero no voy a decir cuál por seguridad.
En el barrio de Nuñez hay una fiambrería. En realidad es más un almacén porque podés conseguir mucho más que fiambre en ese local. La atiende un tipo muy macanudo, muy profesional. Le dicen Chino pero tiene todos los pares de genes occidentales. La heladera exhibe ordenadamente decenas de quesos, fiambres y embutidos. Un poco más arriba hay una hilera de frascos con aceitunas, algunas rellenas. La máquina para cortar fiambre está encendida gran parte del tiempo porque los clientes de esta fiambrería, como los de todas las otras, quieren llevarse el producto en fetas.
Siempre supe de apuestas ilegales con juegos de naipes, carreras de caballos, incluso peleas de perros. También de apuestas deportivas y jugadores de tenis que arreglan partidos. Usar una fiambrería como cobertura para un casino ilegal no hubiera sido original. La idea genial detrás de este negocio es apostar los cortes de fiambre.
Tardé muchísimo en darme cuenta. Cientos de apuestas pasaron adelante de mis ojos sin llamarme la atención. Empecé a sospechar cuando noté un patrón con ciertos clientes que me crucé en el local más de una vez. Sólo hay una explicación razonable. El cliente pide una cantidad determinada de un producto y cuando el Chino lo deja en la balanza si el peso es exacto, gana la apuesta. Si el error es mayor a 5 gramos gana el cliente. Con errores menores a 5 gramos, empate.
Todavía no sé cómo se define el monto de la apuesta. Desconozco cuánto tiempo hay para pagar o qué pasa si no lo hacés. Pero estoy seguro de que la fiambrería casi siempre gana. Suena a delirio pero es la única manera sensata de explicar la escena que presencié esta semana. Un señor mayor de altura mediana, casi sin pelo, pidió 300 gramos de provolone. El Chino cortó un pedazo con extrema precisión. Cuando se verificó el peso exacto en la balanza al viejo se le desfiguró la cara. Probablemente haya apostado toda la jubilación.