Se reveló

Mi dedo pulgar derecho quedó cansado. No, no es culpa de un teléfono celular con pantalla táctil. Tuvo que moverse unas 39 veces para alcanzar el final de ese rollo. Sí, un rollo fotográfico de esos que tienen agujeritos de ambos lados y guardan imágenes latentes en su emulsión fotosensible.
También se cansó un poco el índice derecho cuanto tuve que rebobinar el rollo. Al escuchar un ruido sordo me detuve en seco. Está bien, todos los ruidos son sordos, orejas no tienen. Me detuve en seco, decía, porque no quería que la punta del rollo se escondiera en el carrete.
Metí en la bolsa oscura el tanque de revelado, una tijera y el rollo. Con paciencia pero velozmente, para que no me transpiraran mucho los brazos, cargué la tira de película en el espiral y cuando llegué a la otra punta la separé del carrete usando la tijera.
En el baño apoyé el tanque y preparé los químicos. Decidí diluir 7 centímetros hexaédricos (no fui tan preciso como para decirles cúbicos) en aproximadamente 300 mililitros de agua. Volqué la solución dentro del tanque y esperé con paciencia durante 30 minutos. Después tiré el revelador y seguí como de costumbre: baño de paro y fijación. Quedaba lavar el negativo nomás. Cargas y descargas de agua en el tanque con una progresión de sacudones intermedios.
Y cuando lo abrí el fracaso fue evidente. Un metro de negativo escandalosamente transparente. Algunas de las fotos parecían haber desaparecido aunque en realidad nunca habían estado ahí. Otras eran absolutamente tenues. Al menos quedó una foto. Una de treinta y seis. Un 2,78%. Una foto misteriosa de un tren fantasma que poco tiene que ver con el tren blanco y celeste que se detuvo en la estación Coghlan en plena tarde del miércoles.