Sutura semafórica

El techo del consultorio de urgencias, ese que protege de la lluvia a la camilla adonde estoy acostado, es como todos los demás. Blanco y aburrido. Claro que quizás no sea el techo. Es posible que mi aburrimiento venga de esa espera de más de dos horas que acaba de terminar con la llegada del cirujano. La herida ya hace rato dejó de sangrar. En parte gracias a muchacho que me acercó hielo en seguida. No me duele mucho pero en el momento que me toqué la frente supe que iba a tener que recibir la noche en el hospital. Es que la cantidad de sangre que sale de una herida es útil, cuando no podemos vernos la parte del cuerpo comprometida, para evaluar el daño producido. Sobre todo para saber qué pasos seguir.
Uno puede ponerse hielo, presionar para cortar la hemorragia, limpiarse con distintos productos antisépticos o incluso vendarse. Pero coserse prolijamente un tajo de cuatro centímetros en la frente está fuera de las posibilidades de cualquier individuo de nuestra especie. Sí, es cierto. Existen contadas excepciones pero sobre todo en las películas de acción. Cuando uno es una persona común y corriente conviene dejar que un especialista se haga cargo de la sutura.
Después de sentir unos pequeños pinchazos por la inyección local de anestesia, la frente está lista para dejar pasar aguja e hilo sin provocar dolor. A pesar de tener los ojos bien abiertos todo el tiempo sólo puedo ver como las manos del cirujano acomodan la aguja en la pinza. Cuando se acercan a la frente para enhebrar el hilo en mi piel ya no puedo verlas. Pero sí percibo la velocidad con que se mueve el hilo a través de mí y como se detiene mientras el médico anuda cada punto.
Ahora mientras vuelvo a casa con cuatro puntos, una venda y dos milisieverts de radiación ionizante de más encima, repaso el accidente cinematográficamente. Estoy en una avenida de la ciudad caminando tranquilamente. Decido cruzar la calle. Describo una curva de radio sensato en el suelo cuando veo el poste de un semáforo. Analizo mi trayectoria y compruebo que no se cruza con ese obstáculo. Aún así, cuando intento bajar el pie de la vereda para pisar la senda peatonal algo me golpea. Me devuelve mi propia energía cinética en forma de impacto. Absorbo la mayor cantidad posible con contorsiones del tronco doblándome todo lo que puedo. Pero no es suficiente. Cuando me toco la frente la sangre pinta mi mano por completo e incluso me recorre el brazo.
No sé cuántas veces crucé esa avenida en mi vida. Supongo que son más de diez mil. Pero esta vez la experiencia no alcanzó.