Diferencia obstétrica

Pocos imaginan verosímil que, hace miles y miles de años, haya existido un tiempo durante el cual distintas especies hablaban entre sí sin el más mínimo problema. Incluso especies de distinto género. O de distinto orden. O clase. Hoy cuesta imaginar ese lenguaje capaz de saltar entre las ramas filogenéticas de la taxonomía. Pero existió.

Inmediatamente después de aceptar la existencia de dicho código de comunicación surge una pregunta. Y es casi siempre la misma. ¿Por qué se perdió en la historia? ¿Por qué no vemos a los elefantes de los safaris charlando con los turistas? ¿O a los gatos domésticos discutiendo con las palomas? Fácil. Todo fue culpa de los obstetras.

Ubiquémonos en contexto. Cuando vivís en una época primitiva y la organización social de las especies del género Homo no es tan diferente de la que tienen otros mamíferos más grandes o más pequeños, no hay nada más importante que la descendencia. La continuidad de una especie depende absolutamente de que los individuos vivos sean capaces de inyectar en el futuro nuevos ejemplares. Copias inexactas de ellos mismos que puedan alcanzar el futuro viviendo casi lo mismo, pero más adelante.

Hasta que aparecieron en el mundo los obstetras la reproducción de todas las especies era ineficiente. Semanas, meses o años de gestación se veían truncados con muertes fetales o quizás con partos traumáticos que se llevaban consigo a bebés y madres. Entonces lo primero que hicieron los obstetras para empezar a resolver el asunto fue estudiar los tiempos de gestación. Y cuando decidieron contar la gestación en semanas de embarazo sembraron la diferencia que años más tarde florecería entre las especies.

Imaginen ustedes cuán confundidas quedaban las elefantes cuando charlando con mujeres de Neanderthal que estaban preñadas de 35 semanas las veían gordísimas y sin poder moverse. Hombres y mujeres de distintas aldeas se la pasaban llegando tarde con los regalos para los lobos, aunque cuando querían celebrar algún nacimiento con una cebra llegaban siempre antes. Los conejos, como los canguros, nunca recibieron regalos a tiempo.

Todo culpa de los obstetras.

Las hembras de las distintas especies nunca lograron entenderse cuando charlaban de las terribles transformaciones que experimentaba su cuerpo mientras los fetos crecían. Y si no podían hablar de eso, ¿de qué iban a hablar? Bueno, quizás no sea justo echarle la culpa de todo a los obstetras. Quizás todo hubiera sido más fácil si los matemáticos de la época hubieran logrado desarrollar el concepto de proporción un poco antes. O por ahí hubiera alcanzado con un poco de álgebra de números enteros y la división. Usted tiene un 45 por ciento de embarazo, podría haberle dicho el obstetra a una ballena embarazada. Y ella, cuando se cruzara en la costa de la Península de Valdés con una loba marina en la misma situación, podría haber comunicado su estado con precisión. Mirá que bien, respondería la loba, yo tengo un embarazo del 65 por ciento.