Tachame la inercia

Yo estaba amasando el pan. Todavía las cadenas de gluten no habían terminado de armar esa red elástica tridimensional que después guarda el dióxido de carbono con el que las levaduras inflan la miga. Mis manos hacían bastante fuerza. En cada movimiento, una pequeña parte de la masa quedaba pegada entre mis dedos. No. No hacía falta agregar más harina. Ese es un error de panadero sin experiencia. Lo que falta es amasar más. Sigo agarrando el bollo, lo aplasto contra la mesada de madera, lo estiro. Me enojo. Siempre pasa lo mismo.

Si se pudieran derogar en el congreso las leyes de la física, sería urgente hacerlo con la primera ley de Newton. Es una molestia que los cuerpos en movimiento no cambien su comportamiento a no ser que se les aplique una fuerza. Montones de los problemas que sufrimos todos los días son culpa de la inercia. Desde los golpes entre la gente en el subterráneo cuando frena hasta las caídas de niños incautos de las calesitas. Incluso a veces, seres humanos salen despedidos de los juegos de los parques de diversiones.

Quizás exista en algún pedazo de nuestra colección de universos uno en el que nadie sienta un empujón hacia afuera cuando dobla con el auto. Uno en el que, ante un tremendo accidente de tránsito de esos en los que un par de vehículos se chocan entre sí a cientos de kilómetros por hora, nadie sale despedido por el parabrisas. ¿Que cómo manejarían los colectiveros ahí? Y… Probablemente mucho peor, total no podrían incomodar a sus pasajeros.

Quizás haya otro panadero muy parecido a mí (con mi altura y todo), incluso vestido casi igual que yo, que cuando amasa el bollo no ve pedazos volar por ahí. No importa cuán rápido vuelva a abrir la mano después de desmembrar la espuma (sí, el pan es un coloide). Pero yo acá, cada vez que abro la mano, seguiré viendo volar bolitas en cualquier dirección. Espero no pisarlas.