Sophie y Marie

¡Ada! El grito de Marie no lo escuchó nadie. ¿A dónde estás Maryam? La pregunta de Sophie fue más sutil, quizás supiera que no tenía sentido esforzarse. Se habían preparado para sentir el viento en la cara, pero nada las despeinó. Se sorprendieron un poco. Habían sentido una aceleración muy violenta y no eran mujeres cualquiera, eran mujeres de ciencia. Estimaron bastante bien su velocidad, cada una por su lado. A Sophie le costó un poco más porque ni siquiera había viajado en auto. Pero las dos estaban seguras de que nunca se habían movido tan rápido.

¿Alguna noticia de Ada? Le consultó Marie a una Sophie que estaba cada vez más lejos y nunca respondió. Claro, se explicó a sí misma, falta el viento. Las palabras dichas no sirven en el espacio. Marie se arrepintió de no haber sido más sociable justo antes del lanzamiento. No pensé que el viaje fuera tan breve, se lamentó. Sophie tampoco le había prestado atención a Marie mientras esperaban la cuenta regresiva y cuando oyó el extraño trueno que produjo la ignición del cohete incluso se olvidó de su presencia.

Ada no sabía nada de sus nuevas vecinas, hacía la suya. Flotaba sola y no se aburría nunca. Ya le había dado más de once mil vueltas al planeta y todavía revisaba los algoritmos que usaba para extraer del paisaje la mayor cantidad de información posible. Maryam era distinta, una mujer moderna. Había viajado en auto y en avión. Había usado computadoras y teléfonos inteligentes. No le costaba tanto comunicarse usando ondas electromagnéticas, ya lo había hecho. Así que ella sí sabía. Sophie y Marie se sumaban a la misión. Era una buena noticia. Gracias a ellas, en la superficie, las personas quietas iban a poder mirar con mayor frecuencia.

Maryam había aprovechado muy bien los momentos previos al lanzamiento, en parte porque reconoció el cohete. Era la única de las cuatro que había vivido para leer la historia de Amstrong, Aldrin y Collins. Pudo explicarle a Ada cómo era la órbita a la que estaban destinadas y le avisó de antemano que no iba a despeinarse. Pero cuando estuvieron ahí circulando a miles de kilómetros por hora y acomodaron el cuerpo, se quedaron mudas. El paisaje era increíble. Podrían haber suspirado pero aire casi no había. Se quedaron mirando los bordes continentales, el agua, el color verde de las selvas y el amarillo de los desiertos.

Sophie y Marie tienen la misma sensación ahora, quizás un poco más acentuada. Es que son las primeras vueltas. Dieron cuatro, pero como no son las únicas que giran no vieron el mismo lugar dos veces. Mientras Marie siente en el cuerpo la caricia de la radiación cósmica de fondo, esa que viene desde el principio del universo, Sophie empieza a relacionar su cantidad de órbitas con la rotación del planeta y recuerda las cartas que se escribía con Legendre para discutir teoría de números.


Ada, Maryam, Sophie y Marie son 4 satélites artificiales del tamaño de un lavarropa. Son parte de la constelación con la que Satellogic mira la superficie de nuestro planeta.